CAPITULO 32 

RESPUESTAS A ALGUNAS OBJECIONES



1. "Aquí no hace falta la Legión"

Fácilmente han de oír esta opinión las personas deseosas de introducir la Legión en un lugar nuevo. He aquí la respuesta: la Legión no es un organismo dedicado a una clase particular de obras, si no que busca primero el desarrollo del celo y del espíritu cristiano, aplicable después a cualquier empresa. Los que dicen: Aquí no hace falta la Legión, vienen a decir: Aquí no hace falta celo. Afirmación que se refuta por sí misma. Según la definición del P. Raúl Plus, “Cristiano es aquél a quien Dios ha confiado sus seguidores”.

En todas partes, sin excepción, hay necesidad de un apostolado intenso. Y esto por muchas razones. Primera: porque se debe ofrecer a todos los cristianos que sean capaces de ello ocasión para desarrollar su vida apostólica. Segunda: hoy, para impedir que la práctica de la religión se convierta en rutina o degenere en materialismo, es imprescindible que el conjunto de la población experimente ese santo estremecimiento, que sólo una obra de intensísimo apostolado puede producir en ella. Y tercera: se requiere la entrega de personas pacientes y esforzadas para conducir al buen camino a los que viven sumidos en la miseria o encenagados en el vicio, y para guardar a los que tienden a extraviarse.

Todo Consejo superior tiene la responsabilidad de desarrollar al máximo la capacidad espiritual de aquellos que tiene a su cargo. Entonces, ¿qué clase de apostolado es el que distingue al cristiano y es un elemento esencial de su carácter? Por lo tanto hay que llevar a cabo una invitación hacia el apostolado. Pero invitar sin proporcionar los medios de respuesta es una tarea mínima, porque pocos de los que oigan esta invitación tendrán posibilidad de trabajar por sí solos; de este modo hay que montar la maquinaria en forma de una organización apostólica.


2. “Aquí no hay personas con cualidades para socios”

Esta objeción proviene de no entender bien qué clase de persona se requiere para socio. Digamos claramente que, en general, no habrá ni oficina, ni taller, ni lugar alguno de trabajo, en donde no se puedan reclutar legionarios.
Los posibles legionarios podrán ser personas cultas o incultas, trabajadores o de holgada condición, e incluso obreros parados. La Legión no es monopolio de ningún color, ni raza, ni clase particular: todos pueden ser socios. La Legión tiene el don especial de saber utilizar a favor de la Iglesia las energías ocultas y las atrayentes cualidades de un carácter aún no cultivado. Mons. D. Alfredo O'Rahilly, después de estudiar las actividades de la Legión, no pudo menos que escribir lo siguiente: “He hecho un gran descubrimiento, o, mejor dicho, lo he visto hecho ya: en personas al parecer corrientes hay un heroísmo en estado latente; se descubre en ellas verdaderas fuentes ocultas de energía”.

Para admitir a los socios, no se les debe exigir más de lo que implícitamente exigen los Papas al declarar que en cualquier sector de la sociedad es posible reunir y formar un núcleo escogido para el apostolado.

A este respecto, léase atentamente el párrafo 3b, del capítulo 31, referente a Extensión y reclutamiento, como también el 40, 7, titulado La Legión como auxiliar del misionero, donde se insta a una amplia extensión de los miembros legionarios entre las comunidades recién convertidas al cristianismo.

Si realmente hay dificultad en encontrar socios, es señal de que, en aquella localidad, el nivel espiritual es extraordinariamente bajo; y eso, lejos de justificar el cruzarse de brazos, demuestra la palpable necesidad de fundar un cuerpo de la Legión, para que, como levadura buena, fermente toda la masa. Hay que convencerse de que la levadura es el elemento que prescribe nuestro Señor para la elevación de las costumbres (Mt 13,33). Recuérdese que bastan sólo cuatro, cinco o seis miembros para formar un praesidium. Una vez entregados de lleno estos pocos al trabajo con perfecto conocimiento de sus obligaciones, no tardarán en hallar y alistar a otras personas igualmente aptas.


3. “Se recibirían con disgusto las visitas de la Legión”

Lo más oportuno en este caso -si realmente se diera- sería dedicar la Legión a obras de otra índole; no, abandonar la idea de fundarla, sacrificando así tantas posibilidades como ella ofrece de hacer el bien a la sociedad. Es preciso hacer constar, sin embargo, que hasta la fecha la Legión, en esto de las visitas domiciliarias, no ha experimentado ninguna dificultad de carácter duradero y universal. Si, aún haciéndolas con verdadero espíritu apostólico (véase el capítulo correspondiente), fuesen acogidos los legionarios con frialdad, hay razón para convenir, en general, que allí reina la indiferencia religiosa, o algo peor; y por lo tanto, allí donde menos se les desea a los legionarios es donde más urge su labor. Aunque surjan dificultades al principio, no hay razón para interrumpir las visitas; pues la experiencia dice que aquellos socios que han tenido valor para atacar el hielo de la indiferencia, han logrado derretirlo, y resolver dificultades más serias, que no se veían y eran la causa de tanta frialdad.

El hecho de que el hogar es -humana y cristianamente- el punto estratégico; merece nuestra máxima consideración. Ocupar el hogar es conquistar la sociedad. Más, para conquistar el hogar, hay que ir a él.


4. “La juventud tiene que trabajar mucho durante el día y necesita su tiempo libre para descansar”

Por razonables que parezcan, estas palabras impidieron durante varios años la fundación de la Legión en la gran ciudad y en todo tiempo y lugar privan a esta de muchos y excelentes socios. En teoría suenan muy razonables; llevadas a la práctica, el mundo religioso sería un yermo, porque nunca han sido los desocupados quienes han realizado la obra de la Iglesia.

Sin embargo ¿a qué suelen entregarse estos laboriosos jóvenes en sus horas de ocio? ¿No es a diversiones más o menos desordenadas, en vez de un saludable descanso? En este alternar diario de trabajo durante el día y placer por la noche, ¡qué fácil es ir a la deriva, hasta encallar en un verdadero materialismo que, al cabo de unos cuantos años, deja el corazón sin ideales, azotado por la crisis, y las velas del barco de la juventud rotas y hundidas con todos los tesoros que constituían su preciosa carga! Y el resultado final puede ser más desastroso todavía. ¿No afirma San Juan Crisóstomo que jamás pudo convencerse de que se salvarían los que nunca habían hecho nada por salvar al prójimo?

Mucho más prudente sería en los padres exhortar a sus hijos a que dediquen al Señor como legionarios las primicias de sus ocios. Estas primicias apostólicas embellecerán su vida entera, y conservarán el corazón -y, también, ¿cómo no?, hasta el rostro- joven y sereno. Y aún les quedara mucho tiempo para divertirse, y con gozo duplicado, por haber sido doblemente ganado.


5. “La Legión no es más que una de tantas organizaciones con los mismos ideales y programas”

Es verdad que hoy todo se va en hablar de idealismos; y también es muy cierto que cualquiera, con papel y pluma en mano, en pocos minutos puede trazar un programa de admirables proyectos; y que, según eso, la Legión no sería más que una organización, entre las mil que se entregan generosamente al bien de los demás y sueñan en grandes empresas apostólicas. Pero hay que admitir que la Legión es de las pocas que especifican y concretan su apostolado.

Un idealismo indefinido, que se reduce a exhortar a uno a que haga, todo el bien que pueda en torno suyo, solo logra resultados igualmente indefinidos. La Legión encarna sus ideales de conquista en una vida espiritual determinada, en una forma concreta de oración, en un trabajo semanal bien precisado, en informes semanales detallados, y -como se verá- en un éxito feliz comprobado. Y por último -pero es lo más importante-, la Legión adopta como principio vital de este método su unión con María.


6. “Ya tenemos otras asociaciones haciendo las obras de la Legión. Si ésta se introduce, podría chocar con aquéllas”

No acaba uno de salir de su asombro, cuando se oyen tales palabras en localidades donde tres cuartas partes de la población -y tal vez más- o no son católicos, o, por lo menos, no practican, y en donde el progreso religioso es casi nulo.

¡Qué triste, contentarse con semejante estado de cosas! Eso equivale a permitir que Herodes establezca su trono en los corazones, mientras que el Señor y su bendita Madre están relegados para siempre a un miserable establo.

Pero muy frecuentemente, con esas palabras, se quiere negar la entrada a la Legión bajo el pretexto de proteger a unas organizaciones de que de tales no tienen más que el nombre, y que no hacen nada: ejércitos que jamás derrotaron al enemigo.

Además, si una cosa no se hace bien, es como si no se hiciera; y, por consiguiente, es una mezquindad emplear unas docenas de colaboradores apostólicos donde deberían trabajar centenares, y aun millares. Por desgracia, esto es lo que sucede de ordinario. Y muchas veces a la falta de organización -que se evidencia en tan reducido número de apóstoles- se une la falta de espíritu y de método.

No le quepa a nadie la menor duda: en todas partes hay sitio de sobra para la Legión. Si se quiere probar la verdad de lo que decimos, señálese a la Legión un campo mínimo de acción. Es fácil que los resultados sean convincentes, y que los pocos miembros de un praesidium se multipliquen -como los cinco panes- hasta satisfacer y colmar con creces todas las necesidades (Mt 14, 15-21).

No tiene la Legión ninguna serie de obras fijas en su programa de acción; tampoco piensa en crear necesariamente otras nuevas. Lo suyo es más bien impulsar día a día las que adolezcan de falta de orientación y método, a fin de conseguir efectos análogos a los que se obtendrían aplicando la energía eléctrica a un trabajo que antes se hacía a mano.


7. “Organizaciones sobran. Lo que hay que hacer es dar vida a las que ya tenemos, o extender su campo de acción para que abarquen las obras proyectadas por la Legión”

Esto podría ser un argumento reaccionario. Con esa razón, cabría aplicar el verbo sobrar a casi todas las manifestaciones de vida en derredor nuestro. Y, por otra parte, no sería lógico oponerse a una cosa por el mero hecho de ser nueva, porque sería impedir todo progreso. La Legión sólo pide una oportunidad para manifestarse. Si realmente no es “una de tantas” sino inspirada por el mismo Dios, ¡qué desgracia, negarle la entrada!

Pero de la misma objeción se deduce que todavía no se hace el trabajo que se debería hacer. Iría contra el sentido común y contra la práctica humana universal quien rechazara un nuevo movimiento que, como Legión, ha demostrado ya en otras partes su capacidad de hacer dicho trabajo. Quedará patente lo absurda que es esta objeción si la expresamos en estos términos: “¿A qué importar ese avión, si ya tenemos Coches de sobra? Vamos a ver si podemos perfeccionar el auto hasta conseguir que vuele”.


8. “Éste es un pueblo pequeño. Aquí no hay lugar para la Legión”

No es raro oír esta observación en localidades pequeñas que, sin embargo, gozan de gran fama en varias leguas a la redonda, pero de una fama nada envidiable por cierto.

Por otra parte, una aldea podrá gozar de buen nombre tradicional; y al mismo tiempo estar paralizada: paralizada en valores morales, paralizada en atractivos humanos; de modo que la juventud, echando de menos esos atractivos, los busque en los centros populosos, y encuentre allí su ruina, por faltarle a su vez los valores morales.

El mal proviene de la ausencia de todo idealismo religioso, y el efecto de esta falta de ideales es el ver que nadie hace más de lo que es de estricta obligación. Desaparecido el ideal religioso, la aldea es un yermo espiritual, ¡y la ciudad también!

Para que vuelva a germinar la vegetación, bastará formar un pequeño grupo de apóstoles capaz de irradiar el espíritu que les anima, capaz de establecer nuevas formas de conducta: pronto se emprenderán obras adaptadas a la localidad, la vida sonreirá más alegre, y se detendrá la emigración.


9. “Algunas de las obras de la legión entrañan actividades espirituales que, por su misma naturaleza, incumben al sacerdote, y no deben ser confiadas a los seglares sino cuando el clero se vea imposibilitado para cumplirlas. En cuanto a mi, puedo visitar a mis feligreses varias veces al año, y con resultados satisfactorios”

La contestación a esta objeción ya está dada en términos generales en el capítulo 10, apostolado legionario; puntualicemos aquí algo más. Y digamos, primero, que la Legión está pendiente en todo de la voluntad del cura párroco, y de cualquier otra autoridad eclesiástica, en lo que se refiere a la conveniencia de emprender tal o cual obra.

El conocimiento íntimo de cierta ciudad -a la que se califica como una de las más santas del mundo- pone de manifiesto que en ella hay grandes masas contagiadas por los angustiosos problemas de nuestra sociedad moderna. Y la sensación de que todo está a salvo en ella -y en cualquier otra ciudad- por la visita que se haga a los feligreses una, dos o cuatro veces al año, es una ilusión sin base, por fructífera que sea dicha visita. La prueba de que todo va bien estará en el creciente número de quienes se acerquen a comulgar todos los días, y en que muchos más comulguen cada semana, y todos siquiera cada mes.

¿Por qué, pues, suelen bastar cuatro o cinco horas semanales de confesionario? ¿Cómo se explica esa enorme desproporción?

Por otra parte, ¿qué grado de intimidad- o contacto personal por lo menos - no se requerirá para satisfacer la obligación que contrae el pastor con cada fiel encomendado a su cuidado? San Carlos Borromeo solía decir que una sola alma es suficiente diócesis para un obispo. Luego, ¡Calcúlese lo que supondría dedicar a cada persona una media hora, aunque no fuera más que una vez al año! Pero, ¿bastaría esa media hora? Santa Magdalena Sofía Barat, además de innumerables entrevistas, escribió unas doscientas cartas a una sola alma rebelde. ¿En cuántos casos los mismos legionarios no han porfiado diez o más años en ir tras determinadas almas, y todavía las están persiguiendo? Por tanto, recapacite el tal sacerdote y pregúntese si es hacer justicia a su obra y así mismo rechazar este poderoso auxilio. En cambio la Legión le proporciona unos auxiliares celosos; muchos, allí donde él es uno solo; obedientes en todo a su palabra; dotados de sólida discreción, y mediante su ayuda, tan capaces como él de abrirse paso en el trato con los individuos y las familias; dotados de una gracia especial para animar a los demás a ser mejores; en fin, unos colaboradores que le brindan ocasión de prestar a sus feligreses algo más que un servicio rutinario.

“La Legión de María le depara al sacerdote dos bienes, ambos de igual valor. Primero: un instrumento de conquista, que lleva la señal auténtica del divino Espíritu; y yo me preguntaré: ¿acaso tengo el derecho de menospreciar un arma tan providencial? Segundo: un manantial de agua viva capaz de renovar toda nuestra vida interior, y, naturalmente, esto me enfrenta con otra pregunta: si se me ofrece un manantial tan puro y hondo, ¿acaso no tengo obligación de beber de él?” (Guynot, canónigo).


10. “Me temo que los socios cometan alguna indiscreción”

Démonos cuenta de la realidad de las cosas. ¿Acaso dejamos la cosecha sin recoger sólo porque alguna mano torpe pueda estropear unas cuántas espigas? Aquí se trata de cosechar almas: almas pobres, débiles, ciegas y tullidas; almas con tanta necesidad, y en tan gran número, que se siente uno impulsado a creer que la situación es irremediable. Con todo, el Señor nos manda que vayamos por calle y plazas, caminos y senderos, en busca de estas pobres almas, para que vengan y se llene su casa (Lc 14, 21-23). Pero ¿Cómo cosechar tan abundante mies, si no se movilizan los trabajadores, si no se alista a los seglares, formándoles en ese celo conquistador? Tal vez se cometa alguna indiscreción. Hasta cierto punto, las imprudencias son inseparables de todo lo que sea celo y vida.

Ahora bien, hay dos modos de preverlas: la inercia vergonzosa o la disciplina férrea. Un corazón noble, en el que vibre la voz compasiva de nuestro Señor, al contemplar esas dolientes multitudes, rechazará con horror la primera, y, abrazándose a la segunda, se entregará totalmente a salvar esas pobres almas desgraciadas.

Hasta la fecha la Legión no ha tenido que lamentar ninguna falta grave de discreción, y, por la misericordia de Dios, espera que, con la severidad de su disciplina, no habrá nunca motivo para temer esto en el futuro.


11. En los comienzos siempre habrá obstáculos

Y, en esto, la Legión no se diferenciará de otras empresas buenas. Un poco de energía, sin embargo, hará que esas dificultades - que parecen tan formidables al principio - sean como un bosque: cerrado e impenetrable cuando se le mira de lejos, pero fácil de penetrar al acercarse a él.

Recuérdese que “el que no hace más que apuntar, nunca da en blanco; quien no se echa al agua, nunca sabrá nadar; ponerse siempre a salvo es señal de cobardía; un bien esencial disculpa muchos defectos” (Newman).

Al hablar de una obra de la gracia, nadie se deje guiar tan ciegamente por tanta prudencia que venga a cerrar los ojos a la misma existencia de la gracia. No hay que pensar en objeciones y peligros sin reparar al mismo tiempo en el auxilio prometido. La Legión está cimentada sobre la oración, trabaja por las almas, y pertenece en cuerpo y alma a María. Al tratar de la Legión no se hable ya de reglas humanas, sino de reglas divinas.

“María es la Virgen Única y sin par: Virgo Singularis. Al tratar de Ella, no me habléis, pues, de reglas humanas, sino de reglas divinas” (Bossuet).





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