CAPITULO 9 

EL LEGIONARIO Y EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO



1. ESTA DOCTRINA ES LA BASE DEL SERVICIO LEGIONARIO

Ya en la primera junta legionaria se puso de relieve el carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios. Su trato con los demás había de rebosar cordialidad, pero no por motivos meramente naturales: deberían ver en todos aquellos a quienes servían a la Persona misma de Jesucristo, recordando que cuanto hiciesen a otros, aún a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor, que dijo: os lo aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo (Mt 25,40).

Así fue en la primera junta, y así ha sido después, en cuantas le han seguido. No se ha escatimado ningún esfuerzo para hacer ver a los legionarios que este móvil debe ser la base y fundamento de su servicio; lo es, igualmente, de la disciplina y de la armonía interna de la Legión. Han de ver y respetar en sus oficiales y en sus otros hermanos al mismo Jesucristo: he aquí la verdad transformadora que debe estar bien impresa en la mente de los socios; y, para ayudarles a conseguirlo, esa verdad básica se ha puesto en las ordenanzas fijas, que se leen mensualmente en la junta del praesidium. Esas ordenanzas acentúan, además, este otro principio fundamental de la Legión: trabajar en tan estrecha unión con María, que sea Ella quien realmente ejecute la obra por medio del legionario.

Estos principios básicos de la Legión no son más que consecuencia práctica de la doctrina del Cuerpo místico de Cristo. 

Tal doctrina constituye el meollo de las epístolas de San Pablo. Nada extraño, pues su conversión está ligada a la proclamación de esta doctrina por el mismo Cristo. Fulguró un resplandor en lo alto; el ardiente perseguidor de los cristianos cayó a tierra deslumbrado, y oyó estas contundentes palabras: Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues?

y El contestó: ¿quién eres tú Señor? Y Jesús le replicó: yo soy Jesús a quien tú persigues (Hch 9,4-5). Y estas palabras se le quedaron grabadas en el alma como a puro fuego, y desde ese momento se sintió impulsado a hablar y escribir sobre el misterio que ellas encerraban.

San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano.

En el cuerpo los miembros, tienen cada cual su función particular; algunos son más nobles que otros; pero todos se necesitan mutuamente, y a todos los anima una misma vida. Así que el perjuicio de uno es pérdida para todos; y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se beneficia.

La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y su Plenitud (Ef 1,22-23). Cristo es la cabeza, la parte principal, indispensable y perfecta, de la cual reciben todos los demás miembros su facultad para obrar, hasta su misma vida. El bautismo nos une con Cristo mediante los lazos más estrechos que se pueden imaginar. Entendamos bien que, aquí, místico no quiere decir ilusorio. Nos asegura la escritura: somos miembros de su cuerpo (Ef.5,30); y de ahí resultan unos deberes santos de amor y servicio de los miembros para con la Cabeza, y de los miembros entre sí (1 Jn 4,15-21). La comparación del cuerpo nos ayuda mucho a damos perfecta cuenta de estos deberes, y, si los comprendemos, ya tenemos medio camino andado para su cumplimiento.

Bien se ha dicho que ese es el dogma central del cristianismo; pues toda la vida sobrenatural -todo el conjunto de gracias concedidas al hombre- es el fruto de la redención. Y esta redención descansa sobre el hecho de que Cristo y su Iglesia no constituyen ,sino una sola Persona mística; de modo que las reparaciones de la cabeza- los méritos infinitos de su Pasión- pertenecen también a sus miembros, los fieles. Así se explica como pudo sufrir nuestro Señor por el hombre, y expiar culpas que Él no había cometido. Cristo es el salvador de su cuerpo (Ef 5,23).

La actividad del Cuerpo místico es actividad del mismo Cristo. Los fieles están incorporados a Él, y en Él viven sufren y mueren, y en su resurrección resucitan. Si el bautismo santifica, es porque establece entre Cristo y el hombre esa comunicación de vida, por la que la santidad de la Cabeza fluye a los miembros. Los demás sacramentos -la Eucaristía sobre todo- tienen por finalidad estrechar esta unión, potenciar esta comunicación entre el Cuerpo místico y su Cabeza. También se intensifica la unión entre la Cabeza y los miembros por obra de la fe y del amor, por los lazos de gobierno y mutuo servicio dentro de la Iglesia, por el trabajo, por la humilde sumisión al sufrimiento; en resumen, mediante cualquier acto de vida cristiana. Pero todo esto se hará mucho más eficaz si el alma obra en unión libre y permanente con María.

María, en su condición de Madre de la Cabeza y de los miembros, constituye un primordial lazo de unión entre ambos. Si somos miembros de su Cuerpo (Ef 5,30), por la misma razón y con tanta verdad somos hijos de María, su Madre. La santísima Virgen fue creada para concebir y dar a luz al Cristo íntegro: al Cuerpo místico con todos sus miembros, perfectos y trabados entre sí (Ef 4,15-16), y unidos con la Cabeza, Jesucristo. Y María cumple esta misión en colaboración y por el poder del Espíritu Santo, que es la vida y el alma del Cuerpo místico. Sólo en el seno maternal de María, y siendo dócil a sus desvelos, irá el alma creciendo en Cristo hasta llegar a la edad perfecta (Ef 4,13-15).

“En la economía divina de la redención desempeña María un papel único y sin igual. Entre los miembros del Cuerpo místico ocupa un lugar preeminente, el primero después de la Cabeza. En este organismo divino ejerce María un oficio íntimamente ligado con la vida de todo el Cuerpo. Es el Corazón... Pero más , comúnmente, siguiendo a San Bernardo y, por razón de su oficio, se la compara al cuello, que une la cabeza con los demás miembros del cuerpo. Con esto queda ilustrada con suficiente claridad la mediación universal de María entre Cristo -la cabeza mística- y los miembros. Sin embargo, la comparación del cuello no parece tan eficaz como la del corazón para significar la inmensa importancia de la influencia de María y de su poder -el mayor después de Dios- en las operaciones de la vida sobrenatural; pues mientras el cuello no pasa de ser una conexión -que ni inicia la vida ni influye en ella-, el corazón es como una fuente de vida, que primero la recibe y luego la distribuye por todo el organismo" (Mura, El Cuerpo místico de Cristo).


2. MARÍA Y EL CUERPO MÍSTICO

Los varios oficios que ejerció María alimentando, criando y prodigando amor al cuerpo físico de su divino Hijo, los continúa ejerciendo ahora en favor de todos y cada uno de los miembros de su Cuerpo místico, tanto de los más altos como de los más ínfimos. Eso significa que, al mostrarse solícitos los miembros unos de otros (1 Co 12, 25) no lo hacen independientemente de María, aunque -por descuido o ignorancia- no sean conscientes de su intervención. No hacen más que unir sus esfuerzos con los de Ella. Es una obra que le corresponde a Ella, y Ella la viene realizando con exquisito amor desde la Anunciación hasta hoy. Habría que decir que no son propiamente los legionarios quienes se valen de la ayuda de María, para mejor servir a los demás miembros del Cuerpo místico: es Ella quien se digna servirse de ellos. Y, como se trata de una obra propia y peculiar suya, nadie puede colaborar sin que Ella se lo permita: consecuencia lógica de la doctrina del Cuerpo místico, que harían bien en meditar cuantos intentan servir al prójimo y, sin embargo, andan con ideas mezquinas sobre el lugar y los privilegios de María.

Es también una buena lección para quienes profesan creer en las escrituras, pero ignoran y desacreditan a la Madre de Dios.

Recuerden los tales que Cristo amó a su Madre y se sujetó a Ella (Lc 2,51). Su ejemplo obliga a todos los miembros de su Cuerpo místico a hacer lo mismo: "Honrarás a tu Madre" (Ex 20,12). Es mandato divino que se la ame con amor de hijos. Todas las generaciones han de bendecir a esta buena Madre (Lc 1,48).

Otra consecuencia más: así como nadie debe ni siquiera pensar en ponerse a servir al prójimo si no se asocia con María, nadie tampoco podrá cumplir este deber dignamente si no hace suyas siquiera imperfectamente- las intenciones de María. La medida de nuestra unión con María será la medida de la perfección con que pondremos en práctica el precepto divino de amar a Dios y de servir al prójimo (1 Jn 4, 19-21).

El oficio propio de los legionarios dentro del Cuerpo místico es guiar, consolar y enseñar a los demás. Pero ellos no cumplirán debidamente este oficio si no se identifican con esa doctrina del Cuerpo místico. El lugar y las dotes privilegiadas de la Iglesia, su unidad, su autoridad, su desarrollo, sus padecimientos, sus portentos y sus triunfos, su poder de conferir la gracia y el perdón: nada de esto se apreciará en su justo valor, si previamente no se comprende que Cristo vive en la Iglesia y continúa mediante ella su misión sobre la tierra. La Iglesia reproduce la vida de Cristo en todas sus fases.

Por orden de la Cabeza -Cristo- cada miembro está llamado a desempeñar un determinado oficio dentro del Cuerpo místico.

"Jesucristo -leemos en la Constitución Lumen Gentium - comunicando su Espíritu a sus hermanos y hermanas, los reunió a todos, procedentes de todos los pueblos de la tierra, los incorporó místicamente a su propio Cuerpo. En ese Cuerpo la vida de Cristo se comunica a aquellos que creen en Él... todos los miembros del cuerpo humano, aunque son muchos, forman el cuerpo, así son también los que creen en Cristo (cf.l Co 12,12). También en la creación del cuerpo de Cristo hay una gran diversidad de miembros y funciones... El Espíritu del Señor proporciona un sinfín de carismas, que invitan a las almas a asumir diferentes ministerios y formas de servicio a Dios..." (CL, 20).

Para apreciar que forma de servicio debería caracterizar a los legionarios en la vida del Cuerpo místico, nosotros hemos de mirar a nuestra Señora. Ha sido descrita como su propio corazón. Su papel, como el del corazón del cuerpo humano, es enviar la sangre de Cristo para que recorra las venas y arterias del Cuerpo místico llevándole la vida y crecimiento. Es ante todo un trabajo de amor. Pues, a los legionarios, como realizan su apostolado en unión con María, se les llama a ser uno con Ella en su papel vital, como el corazón del Cuerpo místico.

No puede el ojo, decirle a la mano: "no me haces falta", ni la cabeza a los pies: "no me hacéis falta" (1 Co 12,21). De estas palabras deduzca el legionario la importancia de su colaboración en el apostolado.

Porque no sólo está unido el legionario a Cristo -formando un Cuerpo con Él y dependiendo de Él, que es la Cabeza- sino que Cristo mismo está dependiendo del legionario; y de tal modo, que Él le puede hablar en estos términos: yo necesito que tú me ayudes en mi obra de santificar y de salvar a los hombres. Y a este depender la Cabeza del cuerpo se refiere San Pablo cuando habla de cumplir en su carne lo que le queda por padecer a Cristo (Col1, 24). Tan (extraña frase no da a entender en modo alguno que la obra de Cristo adoleciese de imperfección; simplemente subraya el principio de que cada miembro del Cuerpo místico tiene que contribuir, con todo lo que pueda, a la salvación propia y a la de los demás miembros (Flp 2, 12).

Esta doctrina debe enseñar al legionario la sublime vocación a que está llamado como miembro del Cuerpo místico: suplir lo que falta a la misión de nuestro Señor. ¡Qué pensamiento más inspirador!: Jesucristo necesita de mi para llevar la luz y la esperanza a los que yacen en tinieblas; el consuelo; a los afligidos; la vida, a los muertos en el pecado. Ni que decir tiene, pues, que el legionario debe ejercer su oficio dentro del Cuerpo místico, imitando de un modo singular aquel amor y obediencia que Cristo, la Cabeza, mostró a su Madre, y que Él quiere reproducir en su Cuerpo místico.

"Si San Pablo nos asegura que él completaba en su propio cuerpo la medida de los padecimientos de Cristo, con igual razón podemos decir nosotros que un verdadero cristiano, miembro de Jesucristo y unido a Él por la gracia, continúa y lleva hasta su término, mediante cada acción imbuida del espíritu de Jesús, las acciones que hizo el mismo Salvador durante su vida sobre la tierra. De manera que, cuando un cristiano reza, continúa la oración que empezó Jesús aquí abajo; cuando trabaja, suple lo que le faltó a la vida laboriosa de Jesús... hemos de ser como otros tantos Jesucristos sobre la tierra, continuando su vida y sus acciones, obrando y sufriéndolo todo en el espíritu de Jesús, es decir con las disposiciones santas y las intenciones divinas que tuvo Jesús en todas sus acciones y padecimientos" (San Juan Eudes, Reino de Jesús).


3. EL SUFRIMIENTO EN EL CUERPO MÍSTICO

La misión de los legionarios los pone en contacto íntimo con los hombres, sobre todo con los que sufren. Es necesario, pues, que conozcan a fondo lo que el mundo insiste en llamar el problema del sufrimiento. No hay nadie exento de llevar su cruz en esta vida. Los más se revelan contra ella, buscan arrojarla de sí, y, si no pueden, yacen postrados bajo su peso. Pero con esto quedan frustrados los designios de la redención, que exigen para toda vida fructuosa el complemento del dolor, como exige cualquier tejido el cruzar de la trama para completar la urdimbre. Aparentemente, el dolor contraría y frustra al hombre; pero, en realidad, le favorece y perfecciona; pues, como nos enseña repetidamente la Sagrada Escritura, es necesario "no sólo creer en Cristo, sino también sufrir por Él" (Flp 1,29); y en otra parte: si morimos con Él, viviremos con Él; si perseveramos con El, reinaremos con El (2 Tim 2,11-12). Esa nuestra muerte en Cristo, de que habla el apóstol está representada por una Cruz, toda bañada en sangre, en la que Cristo nuestra Cabeza, acaba de consumar su obra. Al pie de la Cruz, y en tal desolación que la vida parecía ya imposible, estaba la Madre del Redentor y de todos los redimidos. Aquella de cuyas venas procedía la sangre que ahora con tanta profusión satura la tierra para el rescate de los hombres.

Esta misma sangre está destinada a circular por el Cuerpo místico, a impulsar la vida hasta las más diminutas células; a llevar al hombre la semejanza con Cristo, pero con el Cristo completo: no sólo con el Cristo de Belén y del Tabor, gozoso y refulgente de gloria, sino también con el Cristo Varón de dolores y víctima, y el Cristo del Calvario.

No hay que seleccionar en Cristo lo que a uno le agrada y rechazar lo demás: entiéndanlo bien todos los cristianos, como bien lo entendió María ya en el misterio gozoso de la Anunciación. Ella supo ya entonces que no estaba convidada a ser solamente Madre de alegrías, sino también Madre de dolores; habiéndose entregado a Dios sin la menor reserva desde un principio, acoge lo uno y lo otro con igual agrado: recibe al niño en su seno con perfecto conocimiento de todo cuanto encerraba el misterio, dispuesta igualmente a apurar con Él la copa del dolor como a saborear con Él sus glorias. En aquel momento se unieron esos dos sacratísimos Corazones tan estrechamente, que llegaron casi a identificarse.

Desde entonces latieron al unísono dentro del Cuerpo místico, para bien del mismo; y María fue hecha Medianera de todas las gracias, Vaso Espiritual que recibe y derrama la sangre preciosa de nuestro Señor .

Como a la Madre, así sucederá a todos sus hijos. Tanto más útil a Dios será el hombre cuanto más íntima sea la unión de este con el divino Corazón: de esta fuente beberá copiosamente la sangre redentora para luego distribuirla. Pero esta unión con la Sangre y el Corazón de Cristo tiene que abarcar la vida de Cristo en todas sus fases, no una sola. Sería inconsecuente e indigno dar la bienvenida al Rey de la gloria y rechazar al Varón de dolores, porque los dos no son mas que un mismo Cristo. El que no quiere acompañarle en la Cruz, ni tendrá parte en su misión evangelizadora, ni participación en la gloria de su triunfo.

Si se medita esto, se verá que el padecer es una gracia: o para sanar espiritualmente o para fortalecerse; nunca es mero castigo del pecado. Dice San Agustín: "Entended que la aflicción de la humanidad no es ley penal, porque el sufrimiento tiene un carácter medicinal". Y, por otra parte, la pasión de nuestro Señor se desborda y es un inestimable privilegio- en los cuerpos de los inocentes y santos, para conformarlos a Él más y más. Este intercambio y fusión de sufrimientos entre Cristo y el cristiano es la base de toda mortificación y reparación.

Una sencilla comparación -la circulación de la sangre en el cuerpo humano- pondrá de relieve el oficio y la finalidad del padecer. Sirva de ejemplo la mano. La pulsación que se siente en la mano es el latir del corazón, fuente de la sangre caliente que por ella circula. Es que la mano está unida al cuerpo del que forma parte. Si la mano se enfría, las venas se encogen: la sangre halla más dificultad en pasar, y, cuando más se enfría, menos sangre corre. Si el frío es tan intenso que cesa del todo la pulsación de la sangre en la mano, ésta se hiela, mueren los tejidos y queda sin vida, inutilizada, como si realmente estuviera muerta: tanto que, si continuara en este estado por bastante tiempo, sobrevendría la gangrena.

Estos diversos grados de frío ilustran la variedad de grados espirituales en los miembros del Cuerpo místico. Estos pueden llegar a reducir su capacidad receptiva de la preciosa sangre a tan estrechos límites, que corren peligro de morir y de tener que ser amputados, como el miembro gangrenoso. El remedio para un miembro helado es evidente: hacer circular la sangre de nuevo para que recobre la vida. Introducir la sangre a la fuerza por las venas y arterias es un proceso doloroso, no hay duda, pero este dolor es preludio de alegría. En la mayoría de los católicos practicantes, aunque no sean propiamente miembros helados -y su amor propio no les permite tan siquiera considerarse fríos-, la sangre de Jesucristo no circula en la medida que quisiera el Señor, y le obliga a hacer que circule en ellos su Vida como a la fuerza. Esto es lo que les causa dolor: el paso de su Sangre divina dilatando venas reacias. He aquí la causa y razón de los sufrimientos en esta vida. Pero este dolor, una, vez comprendido bien, ¿no debería ser causa de alegría? La conciencia del dolor viene entonces a convertirse en la conciencia de la presencia de nuestro Señor dentro de nosotros, animando nuestra vida.

"Jesucristo padeció todo cuanto era menester; nada faltó para colmar la medida de sus padecimientos. Pero ¿acaso ha terminado su pasión? En la Cabeza, sí; pero en los miembros aún queda por padecer. Con mucha razón, pues, desea Cristo -que continúa sufriendo en su Cuerpo- vemos tomar parte en su expiación. Nuestra misma unión con Él exige que hagamos esto; porque, si somos el Cuerpo de Cristo y miembros unos de otros, todo cuanto padezca la Cabeza lo deberían padecer juntamente los miembros" (San Agustín).




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