La vida del legionario exige una constante disposición a la disciplina, el vencimiento propio y el esfuerzo continuo. En el ejercicio activo del apostolado, la entrega no se limita a grandes hazañas, sino a la perseverancia diaria frente a las inclemencias, el cansancio físico, las incomprensiones o el desprecio que frecuentemente acompañan al servicio (Manual, Cap. 4, punto 2).
Es de gran importancia mantener viva la llama de nuestra vocación, recordando que nuestra fuerza proviene de la confianza absoluta en la Virgen María. Como bien decía nuestro fundador Frank Duff, Ella nos eligió mucho antes de que nosotros nos acercáramos a la mesa de nuestra primera junta del Praesidium (Manual, Cap. 1).
El Sentido Legionario: Aceptar el Costo del Servicio
Al iniciar la junta o la asignación de trabajo trazando sobre nosotros la Cruz, aceptamos de antemano el costo del servicio y las dificultades que puedan presentarse. Al signarnos solemnemente, le decimos a nuestra Madre: «Estoy dispuesto a llevar la cruz del trabajo apostólico de hoy con alegría y perseverancia hasta el fin» (Manual cap. 4, punto 5).
Para vivir este misterio con autenticidad en el día a día, te sugiero considerar las siguientes pautas prácticas:
Persignarse con dignidad: Al iniciar cualquier oración o tarea legionaria, debemos marcarnos siempre con pausa, reverencia y conciencia militar-espiritual.
Rechazo absoluto a la rutina: Es fundamental evitar el gesto apresurado, mecánico o desdibujado. La Señal de la Cruz expresa externamente nuestra consagración total al servicio de Dios y de la Santísima Virgen.
Búsqueda real de la santificación: Al poner nuestras manos entre las manos de nuestra Madre, aceptamos ser sus instrumentos. No importa el clima o el cansancio de la jornada; desgastarnos por las almas con alegría es el pulso de nuestra propia santificación (Manual, Cap. 2).
La Humildad y la Catena: Nuestro Vínculo Inquebrantable
A veces, el peso de los trabajos asignados o los grandes desafíos en la extensión del Reino pueden hacernos sentir pequeños e insuficientes. Pero es precisamente allí, en el reconocimiento sincero de nuestra pequeñez, donde cobra fuerza la humildad de María. Esa misma humildad es la que nos hace verdaderamente temibles frente al adversario, pues no luchamos contra las flaquezas de las personas, sino contra fuerzas espirituales oscuras (Manual, Cap. 1). Por eso nuestra Madre se levanta terrible como un ejército en orden de batalla: porque su dulzura y obediencia aplastan por completo la soberbia del enemigo.
Para mantenernos firmes y no retroceder en esta marcha, nos aferramos cada día a La Catena. Ese precioso hilo de seda mantiene unidos a todos los legionarios del mundo en un solo latido, dándonos el aliento vital para no desfallecer.
Todo lo que hacemos, desde el más humilde contacto callejero hasta el cuidado esmerado de nuestros Socios Auxiliares, lo hacemos sabiendo que somos el ejército de nuestra Señora en constante servicio. ¡Sigamos adelante bajo su bandera!
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